lunes, 26 de mayo de 2008

ANTECEDENTES

En el siglo XV, los europeos se vieron en la necesidad de buscar una nueva ruta que les permitiera llegar a China y la India (países en los que adquirían especias y otros productos muy demandados en Europa) debido a que los turcos les impedían el paso por los caminos conocidos.
Fue así como en 1492 Cristóbal Colón, patrocinado por los reyes de España, realizó el “Descubrimiento de América” creyendo que había encontrado una nueva ruta comercial hacia el Oriente.
A partir de ese momento, las islas descubiertas por Colón se fueron poblando de aventureros que deseaban obtener poder y riquezas en las nuevas colonias españolas y de misioneros que se proponían extender la religión católica en esas lejanas tierras.
Precisamente Cuba, una de esas islas, fue el punto de partida de las expediciones que culminaron con la conquista de México. Sabiendo ya que las tierras descubiertas por Colón formaban parte de un nuevo continente, en 1517, el gobernador, Diego Velásquez, envió al navegante Francisco Hernández de Córdoba a que explorara las tierras que se encontraban al oeste del Mar de las Antillas.
Así fue como llegó a las costas de Yucatán y Campeche en donde pudo admirar las grandiosas ciudades que tiempo atrás habían sido habitadas por los mayas, regresando a Cuba para contar todo lo que había descubierto.
Después de conocer estas noticias, Diego Velásquez, gobernador de Cuba, pensó que debía enviar a otros exploradores para que averiguaran más sobre estas misteriosas tierras. Envió entonces a Juan de Grijalva, quien logró llegar hasta Veracruz; en este lugar no sólo obtuvo una gran cantidad de oro, sino valiosa información sobre la existencia de Tenochtitlan y el inmenso imperio azteca. Grijalva regresó a Cuba y contó al gobernador todo lo que había descubierto. Tiempo después, en 1519, Diego Velásquez decidió enviar a Hernán Cortés al mando de 11 embarcaciones y 700 hombres para que explorara el territorio descubierto y comerciara con sus habitantes.
Pero Cortés tenía otros planes y no siguió las órdenes que había recibido. Deseando apoderarse de tierras y riquezas, emprendió la marcha hacia el centro del Valle de México, en donde se encontraba Tenochtitlán, capital del imperio azteca.